Cuando se posaron por primera vez mis manos en ese callejón sin salida, no pensé jamás que la soledad me volviera adicta.La monotonía de casi toda una vida…hacer lo mismo cada semana, levantarme, poner el hervidor, ducharme, vestirme tomando un corto de café cargado pensando en el puto día que me espera. Llegar a la oficina, saludar a esa gente que ya me tiene harta. La hora de colación, donde almuerzo siempre lo mismo producto de mi indecisión, porque tengo claro que si me demoro unos minutos, el tarado de atrás hace el trote típico de caballo con los dedos en señal de: ya pues huevona vamos apurándonos.Siempre me siento al lado de la ventana, en el extremo más apartado de la cafetería.Después de comer, el cafecito con el pucho, mirando a la gente caminar de un lado a otro a toda prisa, porque el reloj les viene pisando los talones. Al término de la jornada, me voy a tomar un cortado en el café de José Miguel de la Barra, haciendo el amague de leer el libro que no acabo de terminar. Al auto y a casa.Enciendo la luz en conjunto con un cigarrillo “jamás he podido dejarlo” aunque verdaderamente nunca lo he intentado. Un poco de George Michael “Te han amado” y a la cama. Generalmente no ceno. Eso es todo, una semana totalmente “adrenalinica”.Ya es viernes me aterran los fines de semana, porque aunque odie mi trabajo algo me distrae.Otra noche sola, realmente sola, sin una mirada, sin una compañía Esa noche como nunca me desesperó el silencio, así es que tomé mi auto y salí sin rumbo fijo. Me metí en un bar y ahí me quedé.- Últimamente se han abierto muchos bares, pero este, es mi favoritoDijo la mujer que estaba sentada a mi lado. Asentí con la cabeza, en ningún momento nos miramos.─ Nunca te vi antes –dijo.─ No salgo mucho –respondí.─ Por no decir nunca, cierto? –sonrío.-Imagino que te trajo aquí, podría apostar que el silencio te desesperó tanto que tomaste tu auto sin rumbo fijo, que las fuertes manos de la soledad te empujaron hasta aquí, no!? Me quedé helada sin decir nada, ¿Cómo podía ella saber? ¿Acaso sería ella también víctima de la soledad?–Sé lo que piensas eh! ─pues sí, fui víctima de ella, ya no ─respondió. Casi me morídel susto, llegué a pensar que era clarividente.─ Mira.…relájate, toma, anda a este lugar, te sentirás mejor.Traté de mirar con el rabillo del ojo el contenido del papel que dejó en la barra. Suavemente deslice mis dedos para traerlo hasta mí, lo miré un segundo, me bebí el ultimo sorbo, me puse de pie y sin pensarlo fui en busca de esa dirección. ¿Qué tenía que perder a estas alturas de mi vida?Llevaba un par de horas buscando aquel lugar, estaba algo nerviosa, pero a medida que avanzaba, fue desapareciendo. Al llegar, apagué las luces del auto, incliné la cabeza para poder ver. De pronto llamó mi atención una silueta de mujer apoyada en la pared, la brumosa luna recortaba su cuerpo, haciéndose imposible distinguir algún detalle más profundo. Sin embargo, pude percibir un perfil fino, un cuerpo que aparentemente era esbelto, de una estatura medianamente normal.Esa noche la luna hizo lo imposible por brillar, regalaba muy poca luz, pero supongo que ocultarse era la idea, aunque debo reconocer que sinceramente no entendía el por qué.Antes de bajar, cerré los ojos con fuerza, respiré hondo y bajé. Caminé lento, ensimismada y algo perdida en mis pensamientos, entendiendo por fin…donde estaba.Me adentré un poco y cuando pude ver mejor, noté que había más chicas de similares características. La bruma y el humo de los cigarros más los perfumes me resultaron algo intimidador, pero indudablemente la sensualidad se olía por doquier. De pronto los nervios se apoderaron de mi nuevamente, traté de disimular, bajé el ritmo de mis pasos en busca de la salida y cuando estaba a punto de lograr mi objetivo, sentí una mano en el brazo que me detuvo.─ ¿Ya te vas?─ ¿No encontraste lo que andabas buscando?Su voz tenía un tono nocturno, carrasposo y gastado.─ No es eso –respondí.─ No tengas miedo.Bajé la mirada.─ ¿Andas en auto verdad?─ Si –respondí.─ Pues vamos, seguro que ahí hace menos frío ─acepté.No podía verla a los ojos, me costaba mucho hacerlo. De pronto su mano tomó la mía y en busca de mis ojos me dijo: ─no tengas miedo, y como por arte de magia dejé de sentirlo.─ ¿Qué prefieres; tu casa o la mía?─ La tuya ─respondí tímida.Llegamos a su departamento ubicado “graciosamente” en el barrio Bellas Artes cerca de mi trabajo. Cuando nos vimos dentro, sobre la misma me sirvió un trago, charlamos un rato, nada importante, supongo que para derretir el hielo.Casi sin darme cuenta se acercó a mí, se acomodó delicadamente y estratégicamente sin dejarme espacio a escapar, para si caer a mi boca como araña sobre mosca. Cuando posó sus labios en los míos, di un salto hacia atrás, volvió a tomar mis manos para decirme otra vez que no tuviera miedo. Me pidió cerrar los ojos y asimismo me besó. Suavemente mordisqueó mis labios, consiguiendo que me estremeciera de una manera increíble. Mi respiración se agito saliendo a toda prisa por mi nariz. Sentí la sangre circular como agua sobre río. Sus manos acariciaron mis piernas recorriendo de a poco mi tembloroso cuerpo. Las mías en cambio, estuvieron tímidas y empuñadas.Cada beso, cada caricia, me dejó vulnerable, quedando al descubierto la ansiedad de mi sexo.Nos fuimos a su cuarto, me quitó casi toda la ropa, se quitó la de ella, se acerco a mí, me beso una vez más para luego quitarme lo único que había dejado… las bragas. Me sentí tan excitada que me abrí a ella en señal de bienvenida. Se posó entre mis piernas y comenzó suavemente con empujones lujuriosos hacía delante y hacía atrás, y aquellas manos que tomó con dulzura minutos antes, esta vez eran atrapadas sin posibilidad de lucha para besarme con los ojos abiertos y lentamente bajar hasta mi sexo. Mi arándano se entregó a su boca. Mis manos se desempuñaron con caricias exploradoras buscando la humedad bajo su ombligo, mientras que mi boca buscó en brusco la humedad de su boca. Nuestros sexos en celo se frotaban. Éramos una mujer en otra, un sabor en otro y con las manos bajo el sexo, afanadas presionaban las almendras endurecidas y erectas. Sus dedos penetraron en lo más hondo de mi cavidad, sintiéndome alimento de su hambre y viceversa. Su sed la hizo beber de mí una y otra vez, penetrarme una y otra vez hasta que la pasión de mis manos y dedos se fueron en punta a su dibujada y perfecta selva.Me llené de espasmos y canibalismos comiendo de su cuerpo con delirio furioso. Me entregué totalmente al ritual más delicioso del universo. A la energía sexual femenina que me deleitó e hizo agonizar con cada uno de los dedos que tenía dentro. De pronto unas contracciones vaginales atraparon sus dedos. Nuestros muslos se cristalizaron del almíbar que dejábamos salir sin remedio. Mis uñas mientras tanto le dejaban delicados caminos ardosos en la espalda. Desesperando su sexo hasta subir a mi boca incitando a mi lengua a escudriñar en su túnel oscuro para iluminarlo con mi saliva. Luego de un momento se incorporó para girarse y formar con los cuerpos una posición numérica con la idea de salar nuestros dulces labios.Retomamos el horizonte, nuestras piernas se amarraron, unimos vulva con vulva, contuvimos el aire para dar el último quejido, mis ojos se fueron a blanco empavonándose. De pronto empecé a estrecharme. Mi vientre se contrajo al igual que mi abertura. Llevé sus glúteos, sus caderas hacia mí con una fuerza demencial.Nuestras bocas se unieron abiertas con los últimos gemidos, hasta que el fuego empezó a bajar y a quemarme. Me quedé unos segundos sin respiro. Abrí mis ojos lentamente hasta que logré el enfoque. Me sonrío paradójicamente tímida y así mismo, desnuda, se tumbo a mi lado. Encendió un cigarro y me dijo:─ Será mejor que te vallas ahora mismo, ya esta amaneciendo.─ Nunca veas a una puta con luz día.Enmudecí unos segundos.“Organizó mi muerte, ejecutó mi carne y mi esqueleto”.─OK ─respondí.Dejé el dinero en el velador y me fui. Al subir al auto, me sentí aturdida y algo mareada, cerré los ojos y respiré profundo. Camino a casa recapitulé mi vida, pensé en mis antiguas experiencias con los pocos hombres que habían pasado por ella. Encendí un cigarro, me mire unos segundo en el espejo retrovisor y empecé a caer en razón con lo sucedido, me aterré, pero noté algo distinto en mis ojos, una suerte distinta, una lumbre especial que se alojó en ellos. Una mezcla asombrosa de pasión y osadía.¿Pero de dónde había sacado este instinto carnívoro y lésbico? ¡Pero que horror Dios mío¡ ¿¡Qué hice!?Me fui a casa, me acosté y cubrí mi rostro con las sábanas. Sentía vergüenza, quería entender este acto enloquecido, no hubo caso, me dormí. Al despertar pensé que sería distinto. Esta vez no se cumplió aquello de que después de cada vivencia fuerte e intensa, al día siguiente se ve distinta. En fin. Fui hasta la cocina por un vaso con agua, luego por mis cigarros a la chaqueta, pero mis dedos tropezaron con un papel: Bárbara 08-3734205. ¿Pero…en que momento lo puso ahí?Con el pasar de los días y después de dar vueltas y vueltas por el forestal y darle vueltas al asunto, me armé de valor y la llamé.─ Alo!─ Alo Bar…─ Sabía que llamarías –dijo.─ ¿Quieres una cita?─ Si –respondí.Desde entonces y cada viernes, deshabita mi soledad con su cuerpo, llenando momentáneamente el vacío en un lecho calientito.Desde entonces mojo mis dedos y salo mi boca.Desde entonces estoy convertida en un vicioso clítoris lesbiano.Desde entonces mi cuerpo sabe a ella y sabe de ella.Desde entonces la hago mía… sin hacerme suya.